El motín de las Grinolas
Marion Gosse
Translated by Alicia Martorell
Julito parece tranquilo, pero no lo está. ¡En su interior hay un volcán, una explosión! La situación está fatal, podríamos decir que es catastrófica. En el tobogán de enfrente, la pandilla enemiga se burla. Magill y sus dos compañeros sacuden un paquete de Grinolas, de galletas de chocolate y una gran botella de jugo Oasus por encima de los muros coloreados de la plataforma superior.
Julito aparta la mirada y contempla lo que queda de su fantástica merienda: tres magdalenas de chocolate y un Perapot. Ya sabe lo que dirá su hermana Lulú: «Estaba cantado. Mamá no tendría que habernos dado Grinolas para merendar, son como un imán para esos cuervos».

Martí, que había salido a explorar, está al pie de la escalera misma del tobogán, dispuesto a volver al frente si Julito se lo pide.
—¿Cuántos son?
—Son tres, pero el pelirrojo es el más rápido del barrio.
—¿Y si les hiciéramos creer que tenemos algo mejor que las Grinolas que nos han robado?
Lulú está intentando arrancarle una sonrisa a su hermano.
—¿Con qué? —Pregunta Martí, listo para salir corriendo.
Julito reflexiona.
—Martí, ¿crees que puedes llegar hasta el bote de basura sin que te agarren?
Martí calcula mentalmente la distancia entre la estructura en la que están atrincherados y el basurero de la plaza. Está detrás del tobogán metálico de Magill y su pandilla. Tienen que hacer una maniobra de diversión, si no le van a dar una paliza.
Asiente.
—Bueno, pues trae todos los paquetes vacíos que encuentres... Lulú ¿crees que podrás hacer tu numerito?
Lulú, que ha esperado toda su vida este momento, se endereza, arruga la cara y aparecen dos bellas lágrimas en las comisuras de sus ojos. Julito da la orden de empezar.
Lulú respira hondo, toma impulso y se lanza por el pequeño tobogán de plástico, de cabeza y con las manos por delante. Aguanta el golpe sin rechistar y lanza el aullido de dolor más estridente de su repertorio.
Los padres llegan corriendo, buscando sangre, moretones, dientes rotos. Martí aprovecha para salir. La distracción funciona de maravillas: los tres ladrones no despegan los ojos del «accidente». Martí ya ha llegado al bote de basura y se llena frenéticamente los bolsillos de paquetes vacíos.
Los padres se llevan a Lulú hacia su banco mientras Julito baja por la escalera trasera del tobogán para recoger gravilla. En ese instante llega Martí, con los cachetes rojos de emoción.
Los dos chicos suben de nuevo a la plataforma para examinar sus tesoros. Entre los papeles sin interés aparece un pequeño embalaje rojo y blanco casi intacto: un paquete vacío de KlanderBueno. Perfecto. Julito mete dentro la gravilla que ha recogido y arregla un poco el paquete para que parezca nuevo. Los dos chicos se miran sonriendo. ¡La victoria está cerca!
La cabeza de Lulú asoma en la parte superior de los escalones:
—¿Vamos a recuperar las Grinolas?
Julito le da el paquete falso de KlanderBueno, ella hace como si lo escondiera bajo el brazo y se pone a esperar bajo la plataforma. Enfrente, en territorio enemigo, hay una tremenda discusión. El plan funciona: al cabo de unos momentos, el pelirrojo y otro chico abandonan la guardia y empiezan a avanzar hacia Lulú. Martí dice furioso:
—Magill no baja, se ha quedado guardando el fuerte.
Julito se vuelve hacia su amigo. Le brillan los ojos. Son dos contra uno y están dispuestos a pelear.
Esperan a que los dos ladrones estén lo bastante cerca de Lulú: tienen que cruzar el parque, subir al tobogán, cruzar la pasarela de cuerda y recuperar el paquete de Grinolas. Luego tienen que huir corriendo hasta la zona donde están los padres. Justito.
Lulú dice con su vocecita:
—Nada de nada, son mis KlanderBueno. Me los ha dado mi mamá porque me he caído. Déjenme tranquila.
¡Menuda actriz! Los enemigos se acercan como si se sintieran atraídos por la aparente debilidad de la niña. Unos pasos más y estarán junto a ella.
—¡Los voy a denunciar! ¡Si me los quitan, mi hermano les partirá la boca!
Risas de los dos ladrones. Ya está, uno de ellos ha tocado el tobogán.
—¡Váyanse, son míos!
La voz de Lulú sube de tono, lo que anuncia un aullido de bocina inminente. El enemigo avanza un poco, un poco más y la mano del pelirrojo se acerca al falso paquete que Lulú esconde bajo el brazo. Es el momento.
Julito y Martí se tiran por su tobogán. El aterrizaje es caótico, pero ya están corriendo, arrastrados por la propia velocidad, con el viento silbando en los oídos. La grava entre los dos toboganes les hace perder el equilibrio, pero Julito evita que Martí se caiga sujetándolo por la camiseta, luego Martí evita que Julito se resbale y, cuando los dos se encuentran delante del tobogán metálico que reluce al sol, no pueden dejar de gritar al unísono: «¡Al abordaje!», antes de lanzarse a trepar por la pendiente. Durante un momento, Julito no encuentra un punto de apoyo en la superficie y se le resbalan los pies. Empieza a lamentar su decisión de tomar el camino más corto. Martí, que trepa como una araña, le da a Julito el empujón necesario para llegar arriba. ¡Ya están en la plataforma del tobogán! Han llegado los dos arriba, sin aliento, a un extremo del puente de cuerdas. Al otro lado, Magill, boquiabierto, sujeta fuerte su tesoro.
—Nadie te va a ayudar, Magill.
Magill niega con la cabeza. Casi les da lástima. No importa, los dos chicos avanzan por la pasarela. Unos pasos más y llegará la victoria, el fin de la opresión...
—¿Pero qué está pasando aquí?
La cabeza de la madre de Magill asoma en la parte superior de los escalones.
—¿De dónde has sacado eso?
Magill agacha la cabeza. Lo van a retar.
—Devuélveselo inmediatamente, pide perdón y ponte el suéter, que nos vamos a casa. ¿Pero qué te has creído?
Magill entrega el paquete a Julito y desaparece por la escalera sin una mirada. Los dos chicos oyen cómo la madre y el hijo se alejan pisando la grava. Se miran el uno al otro, con decepción.
Las historias de piratas y de tesoros son mucho menos divertidas cuando el ataque del Kraken pone a todo el mundo de acuerdo.